Saturday, December 24, 2011

Carlos Alberto Montaner explica a Chávez y a todos sus similares

Las 10 señas de identidad de la izquierda estatista

Las 10 razones por las que muchos latinoamericanos la apoyan, y

Los 10 factores que explican por que la izquierda estatista fracasa cuando gobierna

Imperdible este artículo de Montaner, retrata en toda su dimensión el izquierdismo, sus rasgos totalitarios, su sed de revancha social, su antimperialismo a ultranza y su mesianismo.

Las diez señas de la izquierda estatista

Por Carlos Alberto Montaner

La madre de Jorge Luis Borges murió de noventa y tantos años. Poco después del suceso, un compungido amigo del escritor le dio el pésame de una manera curiosa: “es una lástima que no hubiera llegado a los cien años”. “No crea -le contestó Borges-, ella nunca manifestó una preocupación excesiva por el sistema métrico decimal”.

No obstante, la observación de Borges no se compadece con la realidad. En nuestra cultura parece que sí hay una especial fascinación por agrupar las ideas, los mandamientos, los ejércitos -las decurias romanas-, y el dinero en decenas o en sus múltiplos: centenares, millares, millones, billones y así sucesivamente. Tal vez, no lo sé, eso tenga algo que ver con un mecanismo que facilita la comprensión racional de la realidad. En todo caso, he elegido esa fórmula para abordar el tema. Veamos si resulta.

Las diez señas de identidad de la izquierda estatista

“Populismo estatista” es una expresión demasiado vaga para definir cualquiera de las variantes de la izquierda latinoamericana actual. ¿Qué es eso? ¿De qué estamos hablando? Es un variopinto abanico que, en su extremo vegetariano, se abre con el matrimonio Kirchner-Fernández, Tabaré Vázquez y Lula da Silva, y en su extremo carnívoro se cierra con las guerrillas narcoterroristas de las FARC y el ELN. Muy cerca de ellas, prestándoles diversas formas de complicidad, yacen los hermanos Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega.

En general, en América Latina es muy fácil identificar los miembros de esta compleja familia: todo lo que hay que hacer es remitirse al Foro de Sao Paulo, esa internacional fundada por Fidel Castro y Lula da Silva en 1990, en la que coinciden los grupos y partidos que comparten una cierta cosmovisión, y anotar la lista de sus miembros. Entre ellos están los partidos comunistas de todos los países latinoamericanos (comenzando por el de Cuba, que fue el que convocó a la primera reunión junto al Partido del Trabajo de Brasil), y luego el resto de los sospechosos habituales: los sandinistas nicaragüenses, el FMLN de El Salvador, URNG de Guatemala, el MIR chileno, el PRD mexicano, los tupamaros uruguayos, diversas formaciones trotskistas, y un largo etcétera de grupos y líderes radicales, la mayoría de ellos con un truculento pasado lleno de asesinatos y secuestros (también de sufrimientos y persecuciones), por lo que todas las noches, antes de acostarse, le ponen velas y le rezan a san Che Guevara, patrón tutelar de esta corriente ideológica.

¿Cuáles son las señas de identidad de esta tendencia política tan fuerte en América Latina? Anotemos diez rasgos, en mayor o menor medida compartidos por todos los miembros de ese vertiente. El orden de importancia, claro, variará de acuerdo con las características de cada sociedad en cuestión. No es lo mismo Brasil, un país capitalista, que Cuba, una de las naciones comunistas más estatizadas de la historia.

Primera, el estatismo.

Creen en que le corresponde al Estado ser el principal agente económico del país. Según ellos, es el Estado quien debe controlar la economía, planificar la zona que no controla de manera expresa, y convertirse directamente en el gran productor de bienes y servicios.

Segunda, el asistencialismo.

Creen que la principal función del Estado es redistribuir la renta, poniendo énfasis, naturalmente, en asignar distintas formas de dádivas o subsidios a las clases populares, masa cuyas simpatías políticas intentan concitar por este medio para convertirlas en la principal fuente de soporte y, en algunos casos, como sucede en Argentina, por ejemplo, en tropa de choque para defender violentamente las posiciones del gobierno.

Tercera, el antiempresarialismo.

En general, es una corriente enemiga de la empresa privada, a
la que le imputa la existencia de la pobreza y la desigualdad en nuestras sociedades. El ciudadano emprendedor no es un factor social apreciable sino despreciable, que suele buscar su provecho y no el de la comunidad.

Cuarta, el dirigismo antimercado.

Suponen que les corresponde a los funcionarios y no al mercado decidir los precios y salarios, determinar qué y cuánto debe producirse, y quiénes y cuándo deben recibir esos bienes y servicios. Padecen, como sospechaba Hayek, de la fatal arrogancia de creer que conocen las necesidades de las personas y cómo satisfacerlas mejor que ellas mismas.

Quinta, el antiamericanismo.

Estados Unidos es la cabeza del imperio, como suelen decir, y el principal causante de la pobreza en el tercer mundo por los injustos términos de intercambio que impone en sus relaciones comerciales internacionales, por su pérfido apoyo a los elementos antipatrióticos nacionales y por supuesta intención de controlar el mundo para explotar sus riquezas naturales.

Sexta, el nacionalismo cerrado.

Siempre hay que sospechar de las intenciones del primer mundo desarrollado y capitalista. Sus gobiernos y sus empresas no tienen otra intención que el saqueo del tercer mundo. El desarrollo hay que hacerlo hacia dentro, con lo nuestro y para lo nuestro, apelando al proteccionismo.

Séptima, el antioccidentalismo.

América Latina no es parte de Occidente, sino su víctima. España, Portugal y el resto de los poderes imperiales europeos le impusieron a sangre y fuego su religión, sus valores y su sistema económico y político. Hay que buscar un modo original de solucionar nuestros problemas y no imitar modelos extranjerizantes: de ahí las terceras vías, el socialismo del siglo XXI y otros engendros similares.

Octava, el indigenismo.

Como consecuencia de lo anterior, América Latina debe reivindicar sus raíces precolombinas y retomar los valores de las civilizaciones indígenas liquidados por la influencia de los pueblos blancos europeos. Chávez ha llegado a defender la vuelta al trueque y la renuncia a la economía monetizada con gran regocijo de sus partidarios, especialmente de Evo Morales, que ve en esto una suerte de retorno al incanato.

Novena, el antirrepublicanismo.

Se unen en el rechazo a la idea de un Estado con poderes limitados por la constitución y por el equilibrio entre instituciones que comparten la autoridad para proteger los derechos individuales. Ése (como suponía Marx) les parece un diseño concebido para que la clase capitalista mantenga las riendas. Pugnan por echar las bases de un gobierno centralista dominado por un ejecutivo que controla el proceso legislativo y el judicial.

Décima, el caudillismo.

Rechazan la idea de la renovación democrática de las élites y la elección entre partidos de ideología variada. El poder ejecutivo lo ejerce, o debe ejercerlo, un líder iluminado que proteja los intereses de las grandes masas con el apoyo del ejército, mientras las instituciones del Estado son sólo una correa de transmisión de su voluntad omnímoda, y el método democrático una fórmula moldeable para legitimar la autoridad de un caudillo cuyo mandato no tiene fin porque así lo garantizan unas constituciones hechas ad hoc.

Las diez razones por las que muchos latinoamericanos la apoyan

No hay duda de que un sector muy importante de las sociedades latinoamericanas respalda esta tendencia. A veces se ha impuesto por la violencia, pero también por medios electorales y con los votos de la mayoría. Con sus respectivos matices y mayor o menor grado de delirio, eso es y han sido el peronismo, el castrismo, el Frente Amplio de Uruguay, el sandinismo, el chavismo, el correísmo ecuatoriano, en su momento el PRI mexicano, y el resto de estos partidos y movimientos de la llamada izquierda progresista, adjetivo curioso, dado que, cuando logran gobernar, esos países son, precisamente, los que comparativamente menos progresan en el planeta.

Diría más: no hay corriente política más latinoamericana, más popular y más arraigada en la cultura de la región que esta expresión del estatismo-dirigista-antioccidental. Naturalmente, no se trata de que las grandes mayorías tengan una clara afinidad ideológica con esta tendencia, o que simpaticen con ella tras una reflexión profunda sobre las ideas que propone y defiende, o que hayan ponderado cuidadosamente las consecuencias de sus acciones de gobierno, sino que, de alguna manera, muchísimos individuos creen ver en ella una mejor defensa de sus intereses inmediatos, los únicos, por cierto, que logran precisar.

¿Por qué ocurre ese fenómeno?

¿Por qué decenas de millones de latinoamericanos no son capaces de advertir que los países que han conseguido despegar y alcanzar unos niveles de desarrollo y una calidad de vida aceptable (esos países -Estados Unidos, España, Italia, etc- a los que emigran los mismos latinoamericanos que en sus naciones apoyan un modo diferente de hacer las cosas). Sin duda, porque hay muchos elementos en nuestra historia y en nuestro modo de ser que encajan perfectamente bien con las señas de identidad del estatismo-dirigista-antioccidental. Anotemos, las diez razones principales que explican esta errática conducta. Hay otras, pero ciñámonos al decálogo.

· Primera, la tradición histórica.

Nuestras repúblicas se formaron después de tres siglos de centralismo, dirigismo y ausencia de autogobierno. Los latinoamericanos nunca tuvieron el control local de sus vidas. Las grandes decisiones las tomaban la Corona, o la Iglesia, o las autoridades enviadas desde Europa. Esa relación generó, en gran medida, la aparición de una sociedad de súbditos, no de ciudadanos, que se prolongó cuando llegó la independencia y llega hasta nuestros días. Nunca hemos concebido o entendido que, dentro de las premisas republicanas está que en las relaciones de autoridad entre la sociedad y el Estado, los funcionarios son o deben ser servidores públicos. No hemos comprendido que el mandatario está ahí para cumplir el mandato del pueblo, no para mandar al pueblo.

· Segunda, el caudillismo.

La independencia de América Latina surgió bajo la advocación de los caudillos: Bolívar, Sucre, Artigas, San Martín, Hidalgo. Esa tendencia ha seguido con nosotros a lo largo del siglo XX y XXI: Perón, Getulio Vargas, Arnulfo Arias, Fidel Castro, Velasco Alvarado, Hugo Chávez. Los partidos cuentan poco, y, cuando cuentan, incluso en los democráticos, dentro de ellos opera el mismo fenómeno caudillista. Nuestras sociedades no suelen seguir ideas, sino líderes. Admiran al hombre fuerte que impone su voluntad.

· Tercera, el clientelismo.

En sociedades pobres, como las nuestras, para una parte sustancial de los individuos el mejor gobierno es el que le da algo: dinero, un poco de comida, vivienda si hay mucha suerte. El mejor gobierno es el que asigna un puesto de trabajo, aunque sea superfluo, y aunque las consecuencias generales sean dañinas, porque la familia necesita comer y no hay muchas oportunidades laborales. Es la lógica de los “descamisados”. Son los clientes de los poderosos, y los poderosos alimentan esa dependencia para sostener su autoridad.

· Cuarta, el descrédito del capitalismo mercantilista-prebendario.

¿Por qué admirar los méritos de los individuos emprendedores o de los empresarios, si muchas de las grandes fortunas latinoamericanas se han hecho al amparo de las relaciones con el poder político? Casi nadie ignora el peso de los sobornos, las coimas y el favoritismo en el éxito de numerosos empresarios. En América Latina, en general, no ha existido un verdadero capitalismo empresarial de mercado, basado en la competencia, la existencia de reglas neutrales y el respeto a la ley. Lo que ha existido ha sido capitalismo mercantilista y prebendario, permanentemente coludido con el poder político, lo que constituye, de alguna manera, otra expresión del clientelismo. Los políticos eligen a los empresarios ganadores, y los empresarios ganadores sostienen a los políticos que los favorecen.

· Quinta, las opiniones de las autoridades y la ignorancia.

¿De dónde surge lo que hoy llaman una “matriz de opinión” partidaria del estatismo-dirigista-antioccidental? ¿Cómo se legitima intelectualmente esa ideología? Ese discurso crece y se fortalece en la visión marxista de los grupos comunistas; en los ataques de la iglesia católica al afán de lucro y al consumismo; en la frecuente defensa en las universidades del colectivismo marxista y del antiamericanismo; en los embates de una buena parte de los medios de comunicación y del sindicalismo contra la economía de mercado y en defensa del igualitarismo.

Súmesele a todo esto el carácter contrario a la intuición de la economía capitalista. Es muy difícil, por ejemplo, explicarles a las personas poco instruidas (y aun a las que tienen estudios) que el mercado funciona mejor que la buena voluntad de los expertos; que la competencia nos conviene a todos, aunque haya perdedores y ganadores; que los subsidios y el gasto público excesivo nos perjudican; que las supuestas conquistas sociales pueden ahogar el crecimiento y generar desempleo. Sin duda, las propuestas socialistas, aunque acaben por ser contraproducentes, están mucho más cerca del entendimiento y del corazón de los mortales comunes y corrientes que los planteamientos, digamos, de los liberales.

· Sexta, la pobreza sin horizontes de un amplio sector.

De acuerdo con las mediciones más acreditadas, casi la mitad de la población latinoamericana es pobre. Dentro de esa pobreza, como sucede en Brasil, en República Dominicana o en Honduras, hay un gran segmento que no tiene posibilidades de integrarse porque carece de la educación o de las destrezas laborales mínimas. Nacen en las favelas o arrabales, allí mueren, a veces violentamente, y no encuentran jamás formas decentes de ganarse la vida dentro del sistema. Suelen llamarles “los excluidos”, como si deliberadamente “los ricos” los hubiesen orillado. ¿Por qué esperar de este sector alguna forma de lealtad con un sistema al que no consiguen siquiera integrarse?

· Séptima, la ficción del Estado de derecho.

En América Latina, desde la época colonial, nadie cumple las leyes. Ni los gobernantes ni los gobernados, y eso es muy grave porque la idea de la república -teóricamente nuestra forma de gobierno-, se sostiene sobre la suposición de que los ciudadanos acatan las reglas, y, cuando no lo hacen, son castigados por los tribunales. Mas esa premisa no es cierta en nuestras tierras: los gobernantes, con frecuencia, son corruptos o ignoran las leyes y no pagan por ello ni siquiera un costo moral: los electores los reeligen. Los ciudadanos, cuando pueden, también vulneran las leyes: los más ricos evaden los impuestos o pagan coimas; los más pobres se roban la electricidad, el agua, la señal de televisión, destrozan los bienes públicos, invaden terrenos ajenos y cometen otro sinfín de delitos contra la propiedad. Y casi nadie es castigado por ello porque la policía es un desastre, los tribunales no funcionan, o lo hacen muy lentamente, o son venales. En países como Colombia o Venezuela apenas el uno por ciento de los crímenes acaban en los juzgados. Eso genera un profundo desprecio de la sociedad hacia el gobierno, aunque éste sea producto de unas elecciones democráticas, lo que explica el apoyo que suelen recibir los golpistas (Torrijos, Velasco Alvarado, Chávez, Fujimori). Todos, o casi todos los ciudadanos, sienten que viven en medio de una farsa, muy bien ejemplificada recientemente, cuando Evo Morales, con total candidez, les dijo a sus ministros que él iba a hacer cosas ilegales y que ellos, los abogados, que para eso habían estudiado, debían encargarse de legalizarlas luego.

· Octava, el victimismo.

Durante siglos, por lo menos los dos siglos supuestamente republicanos, las clases dirigentes siempre han buscado una buena excusa para explicar nuestro atraso relativo: la tradición española, el peso de los indígenas, la explotación de los poderes imperiales, unas veces los ingleses o los franceses, otras los norteamericanos. Un gran economista hispano-argentino, Carlos Rodríguez Brown, lo ha explicado con una frase estupenda: “el gran amigo del hombre latinoamericano no es el perro sino el chivo expiatorio”. Ese victimismo refleja una actitud que Hanna Arendt, en otro contexto, llamaba “el síndrome de indefensión”, actitud que genera una inmensa inseguridad en nuestra potencialidad creadora.

· Novena, la clausura al exterior.

Entre el victimismo, el síndrome de indefensión, la inseguridad, y la paranoica visión de los países del primer mundo como unas potencias depredadoras, ¿cómo sorprenderse de que una parte sustancial de nuestros ciudadanos prefiera cerrar las fronteras a la influencia extranjera renunciando a cualquier forma de competencia?

· Décima, la cuasi inflexible estratificación clasista y racista.

Por razones culturales e históricas, América Latina es una región profundamente racista y clasista, con los blancos económicamente poderosos instalados en la cúspide, en donde frecuentemente coinciden raza y desempeño económico. En general, los negros, los indios y los mestizos -dependiendo del país, claro- ocupan los lugares más bajos en la escala social y laboral: son los que menos ganan y los peor educados. Simultáneamente, para ellos, a veces maltratados y vejados por las clases dominantes, como suele suceder con el infinito ejército de sirvientes domésticos que existe en América Latina, es mucho más difícil el ascenso por la ladera económica y social. Esto explica el lógico resentimiento contra los grupos pertenecientes a la cúpula por parte de los sectores más oscuros y más pobres del espectro racial, y su adscripción emocional a los movimientos políticos que les prometen una suerte de igualdad a la que, teóricamente, hubieran debido tener acceso en las repúblicas democráticas, garantes, supuestamente, de una igualdad de derechos y oportunidades que, en la práctica, está muy lejos de existir.

Diez factores que explican por qué fracasan los gobernantes de esta cuerda

Este epígrafe final debe comenzar por definir el concepto de fracaso. Para ello es esencial conocer los objetivos que suelen proponerse los gobiernos, y muy concretamente los encuadrados dentro de la familia del socialismo estatista. Como regla general, todos prometen aumentar la riqueza general de la sociedad, modernizar las infraestructuras, terminar con la pobreza y crear un mayor nivel de igualdad entre las personas. También aseguran que les pondrán fin a la corrupción y al desorden anterior, defenderán los intereses nacionales y colocarán al país entre las naciones punteras del planeta.

Con frecuencia, lo que sucede es lo contrario: la herencia de Perón, de Velasco Alvarado, o del sandinismo fue desastrosa. Los frutos del chavismo, aun en medio de una imparable riada de petrodólares, que ha duplicado en los diez años de Hugo Chávez todos los ingresos de los cuarenta años de los precedentes gobiernos adecos y copeyanos, no ha servido para redimir a los pobres venezolanos, ni para aumentar las clases medias, sino para destruir a la mitad de las empresas y sumergir al país en un océano de violencia social que ya le ha costado a la población, sólo en ese periodo chavista, ciento diez mil asesinatos. Un fenómeno parecido al de Cuba, que hace cincuenta años, cuando comenzó la revolución, era uno de los tres países más ricos de América Latina, y hoy está entre los tres más pobres.

¿Por qué fracasan gentes, al menos en algunos casos, aparentemente bien intencionadas? Fracasan, fundamentalmente, porque no entienden cómo se crea la riqueza o cómo se destruye. Aciertan, con frecuencia, en la identificación de los males que aquejan al continente, pero confunden las causas y se equivocan en los métodos que proponen para erradicar los problemas. Concretemos las diez razones que explican estos estridentes fracasos.

· Primera, la riqueza sólo se crea en las empresas.

Parece una afirmación de Pero Grullo, algo que uno aprende en la adolescencia, pero la izquierda estatista-dirigista-antioccidental suele ignorarla. Una empresa es una entidad compuesta por una persona, o por cien mil personas, que produce un bien o un servicio y se lo ofrece al consumidor por un precio. Con los beneficios que obtiene la empresa, ésta invierte, crece, genera empleo y aumenta progresivamente el tamaño de la economía. Es así como crecen los países y se enriquecen todas las sociedades. El antiempresarialismo es una actitud suicida que conduce al empobrecimiento general.

· Segunda, las sociedades ricas son las que consiguen desarrollar un amplio tejido empresarial. No hay naciones ricas o pobres.

Hay naciones que han logrado crear un amplio y diverso tejido empresarial, con gran valor agregado, lo que les ha permitido sustentar grandes sectores sociales medios, como sucede en Estados Unidos, Alemania, Holanda, Dinamarca y otros veinticinco países. Suiza, un país pequeño, sin salida al mar, con una población más o menos como la de Buenos Aires, dividido en etnias diferentes, que hasta hace muy poco ni siquiera pertenecía a la ONU, es la nación más rica del mundo. ¿Por qué? Por la riqueza creada por su tejido empresarial.

· Tercera, las sociedades menos desiguales son las que cuentan con ese rico tejido empresarial.

La forma efectiva de combatir la pobreza y la desigualdad no es la redistribución de la riqueza creada, sino el fomento de empresas con gran valor agregado. Las sociedades menos desiguales del mundo, las escandinavas, no han alcanzado ese nivel de equidad por contar con una gran presión fiscal sobre las rentas, sino porque poseen un denso y sofisticado tejido empresarial que permite pagarles veinticinco dólares la hora a un trabajador porque el bien o el servicio que produce genera altísimos beneficios. Los trabajadores que recogen café, bananos, o cortan caña, no pueden alcanzar un alto nivel de prosperidad porque el rendimiento real de su trabajo es muy bajo. Es absurdo quejarse de que un campesino hondureño gana la vigésima parte de lo que gana un trabajador sueco. Lo que sucede es que lo que produce el trabajador sueco vale veinte veces más que lo que produce el hondureño.

· Cuarta, la apertura y las conexiones con el exterior son indispensables.

En el mundo contemporáneo, y desde el siglo XIX, son esenciales las relaciones con el aparato productivo internacional para poder desarrollarse. Son necesarios el capital, la tecnología, el know-how gerencial, el mercadeo. Y se trata, además de un proceso progresivo de asimilación que no puede improvisarse. Bolivia o Paraguay no pueden decidir convertirse de la noche a la mañana en países productores de motores de avión o chips para computadoras. Después de la Segunda Guerra, Japón comenzó a hacer unas imitaciones baratas y defectuosas de objetos industriales americanos. Poco a poco el aparato productivo se fue refinando y los japoneses pasaron de la imitación mala a la buena, más tarde a la innovación y, por último, a la creación original. Pero para eso era esencial mantener lazos muy fuertes con los centros creativos del planeta.

¿Por qué Argentina pudo dar un salto hacia el primer mundo a principios del siglo XX? Porque Inglaterra llevó los ferrocarriles, la electricidad, los barcos frigoríficos y el financiamiento. De diversas maneras, y cada país con sus matices, esa es la historia de la prosperidad creciente de sociedades que eran más pobres que América Latina (por lo menos comparadas a los más ricos del continente) a mitad del siglo XX y hoy son mucho más ricos que nosotros: España, Corea del Sur, Irlanda o Taiwan, por ejemplo.

· Quinta, la empresa estatal es un fracaso.

Podría alegarse que si el secreto del desarrollo y la equidad radica en la creación de empresas eficientes esa tarea podría desarrollarla el Estado, pero la nefasta experiencia del siglo XX demuestra que no es posible. Las empresas estatales han fracasado en la URSS y en Inglaterra, en Francia y en Cuba, en Corea del Norte y en Argentina: en todas partes. ¿Por qué? Primero, porque tienden a crear monopolios y al no existir competencia se anquilosan y atrasan. Se vuelven tecnológicamente obsoletas y los bienes o servicios que producen son progresivamente peores y más caros. Segundo, porque no se administran con criterios empresariales a la búsqueda de eficiencia y beneficios, sino con propósitos políticos. Tercero, porque se convierten en fuentes de clientelismo con plantillas sobredimensionadas y en focos de corrupción administrativa.

· Sexta, el dirigismo es contrario al desarrollo.

La creatividad técnica, científica o empresarial es casi siempre el producto de la chispa individual y del surgimiento espontáneo de clusters o agrupaciones inmensamente productivas que se van juntando sin que nadie lo ordene. Los Bill Gates o los Sillicon Valley no surgen por orden de los funcionarios o de los comisarios. Hace menos de diez años los creadores de E-Bay y de Google eran unos jóvenes con buenas ideas en la cabeza y casi sin dinero. Hoy esas dos empresas les dan trabajo a miles de personas y, para bien de todos, agilizan las transacciones comerciales en todo el mundo. En todas las sociedades hay un veinte por ciento de personas que poseen el ímpetu, la energía creativa y la disciplina para plantearse metas difíciles y arriesgadas. Son ella las que persiguen con ahínco esas metas y en el proceso arrastran en la dirección adecuada al ochenta por ciento restante que carece de esos rasgos de personalidad o de ese nivel de inteligencia. En las sociedades dirigidas desde la cúpula por un grupo de funcionarios toda esa energía creativa, la savia del desarrollo y el progreso, se pierde irremisiblemente.

· Séptima, la libre competencia es el camino al desarrollo y la fórmula menos ineficiente de asignar recursos.

Una de las razones por las que América Latina es la región más subdesarrollada de Occidente radica en la falta de una economía de mercado verdaderamente libre y competitiva. Lo que hasta ahora hemos tenido (y algunos países como Chile comienzan a abandonar) es capitalismo-mercantilista-prebendario, donde el poder político elige a ganadores y perdedores. Ese sistema, que es el que prevalece en el mundo subdesarrollado, pese a todo, es menos improductivo que el estado-empresario-planificador, dirigido por caudillos y administrados por funcionarios que manejan a su antojo los fondos públicos. Con frecuencia, los gobiernos que han elegido este último modelo de desarrollo hacen un gran esfuerzo en el terreno educativo o en el de la salud, como sucede con Cuba y todos los regímenes comunistas, creando un notable capital humano, pero luego se frustran cuando comprueban que persisten la miseria y el subdesarrollo. ¿Por qué ocurre este fenómeno? Sencillo: para que el capital humano dé sus frutos tiene que haber libertades económicas, capital cívico y mercado. Educar cien mil ingenieros para luego atarles las manos es un acto absurdo y cruel. Absurdo, porque les impide crear riquezas. Cruel, porque esos profesionales terminan por experimentar una enorme frustración.

· Octava, no hay prosperidad sostenida sin instituciones de derecho y sosiego político.

La creación de riqueza exige el buen funcionamiento del Estado de derecho. Eso incluye una legislación razonable que proteja los derechos de propiedad, tribunales eficientes e imparciales que juzguen los conflictos y obliguen al cumplimiento de los contratos, y la certeza de que las reglas de juego no van a cambiar por el capricho o el criterio de quienes mandan en el país. La principal riqueza de los países opulentos del planeta está en ese capital intangible, y este clima de tranquilidad y predictibilidad está totalmente reñido con la atmósfera de desasosiego y ansiedad que generan los procesos revolucionarios, con la catarata de decisiones y decretos dictados desde la cúpula. Lo que se logra por esa revoltosa vía es ahuyentar a los inversionistas y provocar más pobreza. El principal error intelectual de los revolucionarios es no entender que el desarrollo de los pueblos está ligado a la justa aplicación del Código Civil y no del Manifiesto Comunista. Por eso, el noventa por ciento de las transacciones económicas del primer mundo se hacen dentro del primer mundo.

· Novena, las decisiones económicas no pueden subordinarse a las necesidades electorales o a los caprichos ideológicos.

Varias de las medidas que los partidarios del estatismo-dirigista-antioccidental ponen en juego tan pronto toman el poder consisten en controlar el banco de emisión de moneda, aumentar el gasto público, subir la tasa de impuestos y endeudarse irresponsablemente, sin tener en cuenta la base productiva real del país, las necesidades de inversión y las consecuencias de esas medidas a medio y largo plazo. Como es natural, a corto plazo se produce el espejismo del desarrollo económico, pero tan pronto pasa el shock de esa inyección de dinero “inorgánico” en la economía, sobreviene la inevitable crisis: la inflación, el encarecimiento de la deuda, la falta de financiamiento exterior, el desabastecimiento y la quiebra en cadena de numerosas empresas.

· Décima, la paz y las buenas relaciones con las naciones desarrolladas del primer mundo son muy convenientes para el desarrollo.

No es una casualidad que las treinta naciones más ricas y desarrolladas del planeta mantengan, en general, muy buenas relaciones entre ellas y se comporten de acuerdo con un patrón bastante uniforme: son Estados de derecho, organizados democráticamente, dotados de un sistema económico que podemos llamar capitalismo empresarial de mercado, y en los que prevalecen la tolerancia, el pluralismo político y las libertades cívicas. Esas sociedades son las que más aprecian las personas en el mundo. ¿Cómo lo sabemos? Lo sabemos por el signo de las migraciones: hacia esas sociedades es que desean dirigirse la mayoría de los pobres del tercer mundo. No sólo hay un “sueño americano”, hay un “sueño” español, francés, alemán, etcétera, etcétera, ambicionado por millones de latinoamericanos, africanos y asiáticos que desean escapar de la durísima realidad de sus países. ¿Qué sentido tiene, pues, hostilizar ese mundo e identificarlo como “el enemigo” en lugar de tratar de formar parte de él? ¿Se han dado cuenta estos revolucionarios radicales de que el noventa y nueve por ciento de los hallazgos científicos y las innovaciones que le dan forma y sentido al mundo contemporáneo surgen de esa fuente? ¿Saben que al menos el cuarenta por ciento del crecimiento económico proviene de estos cambios en el saber y en el quehacer surgidos en el primer mundo, con Estados Unidos a la cabeza? ¿A quién se le puede ocurrir que es sensato golpear nuestro propio cerebro y el motor del que en gran medida depende nuestro bienestar?

Una breve reflexión final

Bien, si estos papeles no yerran excesivamente, ya sabemos quiénes forman parte de la vasta y truculenta familia estatista-dirigista-antioccidental, por qué conquistan las mentes y los votos de una parte enorme de los latinoamericanos, y por qué fracasan cuando alcanzan el gobierno. La pregunta lógica a que nos precipita este análisis es bastante obvia: ¿cómo impedir este fenómeno?

Lamentablemente, no creo probable que una intensa labor pedagógica pueda modificar esta dinámica política. Trate de convencer a un campesino hambreado de Guatemala o a una sirvienta humillada de Perú de las ventajas del capitalismo empresarial de mercado y lo mirarán como si fuera un marciano que habla una jerga incomprensible. Por otra parte, ¿dónde y cómo llevar a cabo esa intensa labor pedagógica si la mayor parte de las universidades, de los medios de comunicación y de los púlpitos religiosos suelen estar más cerca de la visión estatista-dirigista-antioccidental?

No debe esperarse, pues, un cambio de creencias y de actitudes que surja del pueblo y ascienda inconteniblemente hasta la cúpula y la obligue a cambiar sus formas de comportamiento. ¿Qué puede, entonces, hacerse? Tal vez la única esperanza real de modernización y desarrollo que tiene América Latina es que algunos grupos políticos, persuadidos de que lo que hay que hacer es lo que hace Holanda y no Evo Morales, consigan ganar el poder por vías democráticas y lleven a cabo esa revolución desde arriba, desde la cúspide, convenciendo a las multitudes y al resto de los cuadros dirigentes de las virtudes del modelo occidental por los resultados de su gestión y no por la armonía o la belleza de sus planteamientos ideológicos.

Algo de esto ocurrió en España y en Chile, donde la sociedad dejó de plantear y defender tonterías, reduciendo sustancialmente los niveles de pobreza y adentrándose en el camino del desarrollo, lo que ha traído el benéfico resultado de que, dentro de la clase política dirigente, apenas quedan defensores del estatismo-dirigista-antioccidental, y menos de un diez por ciento de los electores respalda esta tendencia en las urnas. Ya son muy pocos los que proclaman y respaldan locuras en estos países.

¿Y qué sucedería si esto no ocurre? Es fácil de predecir: paulatinamente, América Latina se irá distanciando de los niveles de desarrollo y modernidad de Occidente, haciéndose cada vez menos relevante en el mundo. Fenómeno, por otra parte, que no es desconocido en la historia. En torno a los siglos XVI y XVII Turquía era uno de los centros clave del planeta. En el XX ya sólo era una sombra de lo que había sido en el pasado. América Latina, si no cambia el rumbo, se seguirá hundiendo, pero con un agravante con respecto a Turquía: ni siquiera tiene en su pasado una época dorada de resplandor histórico a la cual referirse con orgullo. Nos habremos quedado en la eterna promesa. Y eso es triste.

.

Thursday, December 22, 2011

Gobierno y BCV nos llevan en ruta de una hiperinflación



Por Alexander Guerrero
1. La explosión de dinero inflacionario
En las ultimas cinco semanas, la liquidez monetaria, medida por el circulante en poder del publico (cuentas de ahorros y cuentas corrientes y otros) ha crecido mas de 13%. Por su parte, su contravalor en el balance del BCV, en reservas internacionales, se ha reducido en 1.5%, es decir, los bolívares copiosos que el BCV imprime y lanza a la calle de las impresoras de dinero inflacionario del BCV, institución esta, la cual sin pudor alguno, financia parte del déficit fiscal del gobierno; o bien directamente comprándole papeles al Tesoro, o a través del by-pass de PDVSA y otras empresas publicas.
Al anualizar ese monumental crecimiento de la liquidez de estas ultimas semanas, tendríamos a esta multiplicándose por 2.3 veces hacia finales del 2012. Si asumimos como cierto que el gobierno atraviesa estrechez de caja y un colosal déficit fiscal, pese que se las arregla para que muchos aun crean que esta buchón, en medio de una campana electoral donde los prejuicios y complejos fueron lanzados al infierno, no es exagerada afirmar que el gobierno nos empuja hacia el umbral de la hiperinflación.
2. Hiperinflación o algo aun peor: régimen de precios reprimidos
La clasificación de hiperinflación está asociada a régimen de precios donde la indexación –un ajuste de precios- está permitida en contratos salariales, tasas de interés, precios en general. En esas circunstancias los precios crecen al ritmo de la expansión monetaria inducida por los bancos centrales sin autonomía ni independencia y en manos de las necesidades fiscales. En ese entorno inflacionario, los salarios van detrás de los precios, pero el empobrecimiento natural por caída del salario real –en razones absolutas- se amortigua, los precios cambian diariamente pero así cambian los salarios, es de todas maneras una desesperada carrera al empobrecimiento.
Al final, esa enfermedad se cura bajo un acuerdo político que emite una nueva moneda, se pierden los ceros, el banco central retoma autonomía e independencia, una especie de reforma monetaria que e implica otros compromisos de política económica entre ellos nivelación cambiaria y equilibrio fiscales, y desde luego mayores impuestos.
Ese no es el caso de Venezuela, pero, al no existir clausulas ni derecho de ajuste de precios no salarios en contratos, la inflación nunca es recompensada en términos de salarios reales; en otras palabras, el empobrecimiento producido por una inflación de dos dígitos medios, aparentemente baja, que disfruta del cinismo del gobierno porque no luce muy alta, es insumida por la gente como un proceso de “muerte lenta”. Sus estragos son aún peores que en un ambiente hiperinflacionario.
3. Cuanta inflación destruye salarios e ingresos fijos
La inflación de este año tiene marca registrada del socialismo. Este ha sido el año de su expansión, sus marcas básicas guardan una causalidad muy estrecha: expropiación, escasez, un Estado convertido en el mayor importador de bienes de consumo masivo, alimentos, el rubro de mayor crecimiento en precios, precisamente por regulación e intervención del gobierno.
2011 es el ano en el cual el BCV “se soltó el mono”, perdió el “pudor monetario”, se convirtió en financista de última instancia entregándole bolívares al gobierno –fisco- para financiar su déficit, directamente y a través de PDVSA y empresas públicas en niveles de un 12-14 % de la liquidez en poder del público, lo cual hizo posible que un bolívar (Bs F. 1,00) apenas tenga una contraparte de valor en dólares equivalente a 1/14.
El 2011 es el ano de la aprobación de Ley –penal- de Costos/Precios, instrumento legal que extrema el control sobre el productor nacional, eventualmente inducirá su salida del mercado por ruina o expropiación, el récipe del socialismo. Veamos el siguiente detalle en cuanto a capitalización del sector privado y reportado por el BCV: la inversión privada ha caído en los tres últimos años más de un 40%! El socialismo es sencillo de comprenderlo: el gobierno promueve y dirige la ruina del sector privado, interviene en su reproducción, regula penalmente la actividad económica privada (CPenal y Ley Costos/Salarios), expropia y asume su rol inconstitucionalmente y fundado en bajas pasiones y odio de clases, incorporando a la sociedad los conocidos costos en ineficiencia, corrupción y empobrecimiento del capital humano, lanzado por la fábrica pobres a trabajadores informales y subempleados, incluidos misioneros, con salarios menores de los paga en promedio el sector manufacturero privado.
El sumun de todo este magno proceso de empobrecimiento lo constituye una perversa y fatal combinación de una fuerte presión inflacionaria mayor al 26%-27% con una escasez orgánica de bienes de consumo masivo.
4. Inflación, déficit fiscal y campaña electoral del gobierno
Como toda inflación, la venezolana es consecuencia directa de un colosal déficit fiscal que el gobierno trato de enjugar con un insostenible y costoso endeudamiento (alrededor de 11% de costo financiero) y con financiamiento monetario –inflacionario- del BCV. La inflación, generada por los mencionados mecanismos de financiamiento del déficit fiscal, tiene sus fuentes en una insostenible expansión del gasto del gobierno que no puede ser financiada con un ingreso petrolero cada vez menor, pese a que los precios de realización reportados son superiores a 100 $/barril. En otras palabras el gobierno sobreestima la producción de petróleo en unos 500 mil barriles/diarios y reduce el precio del barril de petróleo (50 $/barril), dejando a los ingresos adicionales de origen petrolero, el rol del mono de la baraja, en cuanto al ingreso petrolero fiscal realizado. Es un curioso fenómeno de las estadísticas oficiales que se registra desde 2006.
La presión fiscal del gasto público sobre PDVSA ha afectado simultáneamente su flujo de caja de impidiendo que se invierta consecuentemente para compensar el agotamiento “natural” de la producción de petróleo y las consecuencias perversas de su descapitalización. Ese déficit se ha querido compensar en la vorágine de endeudamiento de PDVSA que este alcanza los 10 mil millones de dólares, deuda que más temprano que tarde será transferida al fisco. Así, la expansión fiscal como fuente de la fuerte presión inflacionaria tiene su expresión en dos circunstancias económicas emparentadas políticamente por el control que el gobierno ejerce sobre los poderes públicos, la A N, poder público responsable del endeudamiento del fisco y de PDVSA y del poder monetario, de un Banco Central, convertido en las últimas reformas de su Ley en financista de última instancia. El financiamiento monetario del déficit fiscal también se expresa en un by-pass monetario ejecutado en préstamos a PDVSA, con lo cual esta financia sus impuestos y regalías al fisco además de su supletoria función como agente fiscal del gobierno de pagar la factura del gasto público.
5. Que es inflación, entonces?
La inflación es un fenómeno monetario, de eso no hay duda, y esta fundado en la literatura económica. Por ello es un constructo político, porque siendo un fenómeno monetario, el único causante es el banco central, institución que si no esta dotada de independencia y autonomía, como de hecho y derecho lo esta el BCV, su política monetaria, y la impresión de dinero, papel y digital es un asunto de gobierno. Las reformas (4) que ha sobrevivió la Ley del BCV rescriben el curso legal que define hoy a un banco central como un banco de desarrollo con efecto fiscal. La “abundancia” de dinero impreso por razones fiscales hace posible que el precio del bolívar se reduzca continuamente, es decir, su poder adquisitivo se reduce.
En ese sentido, definimos inflación correctamente como el continuo proceso de disminución del poder adquisitivo del bolívar originada en el endeudamiento público –incluida PDVSA- y en el financiamiento del déficit fiscal por el BCV bien a través de un by-pass monetario -PDVSA y otras empresas del Estado, y de manera directa adquiriendo bonos del Tesoro.
La revisión de la data expresada en la liquidez monetaria nos indica sin rubor alguno para el Directorio del BCV que cada dólar en reserva internacionales dispone de 13 bolívares en circulación, es decir, la devaluación del bolívar es cuestión de días, el gobierno así prepara a tomar las ganancias que le provee la inflación, al fin y al cabo, la inflación solo beneficia a los gobiernos, es un impuesto que se paga sin declarar y es aparentemente indoloro, notándose en la caída del poder de compra del bolívar que el BCV emite.


Sunday, December 18, 2011

China es capitalista

"Si bien se trata de una economía en transición, y existen muchas formas intermedias, la clave es que de conjunto la economía está sometida a la ley del valor, y que la propiedad capitalista se desarrolla cada vez más libremente"
Por Rolando Astarita

En algunos comentarios se ha suscitado la pregunta de si podemos considerar a China un país capitalista en la actualidad. Mi respuesta es que sí, que estamos frente a un sistema capitalista. Si bien se trata de una economía en transición, y existen muchas formas intermedias, la clave es que de conjunto la economía está sometida a la ley del valor, y que la propiedad capitalista se desarrolla cada vez más libremente. Empiezo repasando brevemente el recorrido de las reformas implementadas desde fines de la década de 1970, para presentar luego algunos datos que apuntalan la idea de que la sociedad china hoy es capitalista.

Un inicio “bujarinista”

Las reformas económicas implementadas por el Partido Comunista empezaron en diciembre de 1978 (Mao había muerto en 1976), y se fueron extendiendo y prolongando, siempre en dirección al capitalismo. Al comienzo solo afectaron al campo, y consistieron en permitir a los campesinos vender la producción de sus lotes privados en los mercados. Luego se pasó al llamado “sistema de responsabilidad”, por el cual se entregaba a cada unidad familiar una cierta porción de la tierra colectiva destinada al cultivo de trigo, arroz y productos similares. Los campesinos podían vender, al Estado o en el mercado libre, todo lo que produjeran por encima de ciertos mínimos. De manera que el proceso chino de reforma comenzó como una reedición de la política que se había aplicado en la Rusia soviética a mediados de la década del 20, bajo inspiración de Nicolás Bujarin (cuya obra fue traducida y estudiada en China en los 80). La meta de Bujarin no era volver al capitalismo, sino dar lugar a estímulos de mercado, a fin de aumentar el interés de los campesinos y elevar la productividad. Es que la Revolución de 1917 había entregado la tierra a los campesinos (aunque la propiedad formalmente era del Estado), Rusia se había convertido en un país incluso más “pequeño burgués” que antes de la subida al poder de los bolcheviques, y los campesinos se resistían a avanzar hacia formas colectivas de producción. Por eso Bujarin pensaba que la única forma de aumentar la productividad agrícola -indispensable para abaratar los costos de los insumos para la débil industria soviética- era permitiendo que los campesinos obtuvieran beneficios de sus explotaciones (véase por ejemplo Cohen, 1973). En algún punto, incluso, se atribuyó a Bujarin el haber lanzado el slogan “campesinos enriqueceos”. Por esta vía se estaba dando lugar a las condiciones para una acumulación capitalista. De hecho, en vísperas de la colectivización (realizada a fines de la década), había comenzado a aparecer el trabajo asalariado y una creciente diferenciación social en el agro ruso.



Pues bien, lo que en Rusia fue interrumpido por la colectivización, en China fue continuado y extendido con medidas cada vez más abiertamente favorables al mercado y al capitalismo. Es posible que la crisis económica de fines de los 70 haya creado las bases para que las reformas fueran aceptadas casi sin resistencia. El régimen maoísta había fracasado en su intento de forzar la marcha hacia una economía socialista (el llamado “Gran Salto Adelante”, de los 50) y luego el país había sufrido grandes convulsiones en los 60, cuando la Revolución Cultural. Muchos estudiosos sostienen que el régimen había entrado en un impasse; lo cierto es que las fuerzas de izquierda a fines de la década de 1970 estaban en retroceso y debilitadas, y la reforma se impuso. Además de continuar y profundizar las reformas en el campo, en los 80 la dirección china dispuso que todas empresas debían ser responsables por sus beneficios y pérdidas, y que debían cerrar las que no fueran rentables. También, y más significativo, se establecieron las zonas económicas especiales para que se instalaran empresas extranjeras. En esas zonas las empresas gozaban de fuertes beneficios fiscales, facilidades para enviar beneficios al exterior, y podían explotar mano de obra barata. Y por esos años se comenzó a desarmar la seguridad social. Hasta ese momento las comunas campesinas o las empresas estatales asumían la responsabilidad por los gastos sociales de los trabajadores. No solo aseguraban el trabajo, sino también mantenían guarderías escolares y escuelas, centros para la atención de la salud, garantizaban las pensiones para la jubilación (aunque no en el campo), pagaban los seguros por desempleo, se hacían cargo de los entierros y ayudaban a las viudas o huérfanos. Este sistema comenzó a desmantelarse, y en 1986 se abolió la práctica de garantizar el trabajo de por vida. Sin embargo, es en los 90, luego de la represión del levantamiento de Tienanmen, que se desarrolló la abierta y rápida privatización de empresas del Estado. Desde 1995 hasta 2005 el número de empresas estatales bajó de 118.000 a 50.000. El número de trabajadores empleados por el Estado pasó de 145 millones (el 80% del empleo urbano) a 75 millones (el 30% del empleo urbano). Entre el 80 y 90% de los despedidos del sector estatal entraron al sector privado, o se establecieron por su cuenta.

Una estructura capitalista

Naturalmente, dada la magnitud de los cambios operados, todavía existen en China muchas formas de propiedad que están a medio camino entre la propiedad estatal y la propiedad capitalista plena. Siguiendo aThe Economist (véase bibliografía), al día de hoy se pueden distinguir algunos tipos básicos de empresas. Por empezar, están los sectores considerados claves, como banca, energía y teléfonos, en los que el Estado ha retenido la propiedad de las empresas; aunque en algunos casos ha vendido parte de los paquetes accionarios a inversores privados. Son ejemplos las empresas China Construction Bank; China Mobile y China Unicom (telefónicas) y China National Petroleum Corp. Un segundo grupo está conformado por los emprendimientos en común entre capitalistas privados, mayormente extranjeros, y entidades respaldadas por el Estado. Son usuales en ramas importantes, como fabricación de automóviles, logística y agricultura. Las empresas extranjeras aportan tecnología y la parte estatal garantiza el acceso al mercado chino. Ejemplos: Shanghai Volkswagen; Xian-Janssen (biomédica); Denghai (agricultura); DHL-Sinotrans (logística); Ameco (manufactura). En tercer lugar, están las empresas de propiedad privada, aunque con fuertes controles estatales y muy relacionadas con el aparato gubernamental. Ejemplos: BYD; Geely; Chery (automóviles); Goldwind (energía); Huawei (telefónica). Asimismo, está el grupo de empresas que son alimentadas por las inversiones de gobiernos locales; a veces también por capitales que pertenecen a los municipios, y a veces por fondos privados. En este sentido existe una amplia variedad de grados de incidencia e involucramiento estatal, y los límites no siempre están bien definidos. Muchas de estas empresas están dedicadas a la construcción pública. Ejemplos: Shangai Environment Group; Nanhai Development (protección ambiental); Digital China (servicios en tecnología informática); China WLCSP (tecnología en chip).

A pesar de estas muchas formas intermedias, lo central es que hoy domina la relación de explotación capitalista. Incluso las empresas estatales se someten cada vez más a la lógica del mercado y la ganancia (aunque hay matices importantes en sectores), y rigen las leyes de la competencia capitalista. Significativamente, más de las dos terceras partes de los trabajadores son asalariados en el sector privado. En 2004, el empleo en el sector privado representaba las dos terceras partes del empleo urbano total, aunque solo un tercio del empleo formal.

También en el agro se está socavando la propiedad colectiva de la tierra. Es importante tener presente que en China prevalece la pequeña explotación campesina; hay unos 800 millones de campesinos, y el promedio de tierra cultivada por hogar sería de 0,33 hectáreas (Hu Jing, 2008). Muchos de estos campesinos ven amenazadas sus tenencias. Según denuncias de organismos de ayuda internacional, en los últimos años unos 40 millones de campesinos perdieron sus lotes por tomas compulsivas del gobierno, destinadas a satisfacer las demandas de desarrollo urbano. Esto es favorecido porque existe mucha ambigüedad en la definición de los derechos de la propiedad de la tierra en las ciudades, como así también de la propiedad colectiva de la tierra rural. En muchos casos, los burócratas se aprovechan de estos vacíos para apropiarse de terrenos pagando poco, y desarrollar proyectos urbanos de alto valor inmobiliario, o explotaciones agrícolas. Las estadísticas oficiales dicen que entre 1995 y 2002 hubo cerca de un millón de casos de ocupación ilegal de tierras y transacciones, que comprendían 189.000 hectáreas (Lin y Ho, 2005). Lo cual se ha convertido en una de las principales fuentes de corrupción y descontento social. “El Estado ha introducido constantemente cambios institucionales, incluidas repetidas enmiendas a la Constitución, para acomodarse a los intereses del capital privado” (ídem). “Las tendencias emergentes de polarización espacial, y particularmente de clases, fueron el resultado de la mercantilización del trabajo, la tierra y el capital, enraizada y permitida por una alianza emergente entre el capital doméstico e internacional, y la elite burocrática local” (Kwan Lee y Selden, 2007).

La naturaleza capitalista de China también se pone en evidencia en su relación con el capital internacional. Al finalizar el primer trimestre de 2010 China tenía inversiones directas en el exterior por 317.400 millones de dólares e inversiones en carteras por 263.500 millones. La inversión extranjera directa en China era de 1,526 billones de dólares, y la inversión en carteras de 223.100 millones (State Admnistration of Foreign Exchange, SAFE.gov. cn). En 2010 las empresas chinas cerraron 4251 tratados de fusiones y adquisiciones, tanto en el exterior como en el interior, lo que representó un 16% de aumento con respecto a 2009. El total de las transacciones representó un valor de unos 200.000 millones de dólares, un 29% más que en 2009. En términos de las inversiones externas, en 2010 las empresas chinas cerraron 188 tratos de adquisiciones y fusiones, lo que representa un 30% de aumento con respecto al año anterior, y constituye un récord histórico. El total de las transacciones totalizaron 39.000 millones de dólares, contra 30.000 millones en 2009. La Unión Europea, Australia, África y Asia son los principales destinos del capital chino. Pero también EEUU. En 2010 se concretaron 32 acuerdos de fusiones y adquisiciones; en 2009 fueron 21 (Market Watch, The Wall Street Journal, 18/01/11). Se estima que la actividad de fusiones y adquisiciones continuó fuerte en 2011.

Consecuencias sociales

A la vista de lo anterior, no es de extrañar que en China hayan aparecido los males típicos de todo modo de producción capitalista, empezando por la desocupación. El desempleo emergió en la década de 1980, pero pasó a primer plano en la siguiente, cuando fueron despedidos millones de trabajadores de las empresas estatales que cerraban. La tasa oficial de desocupación subió del 2,9% en 1995 a 4,2% en 2005; y a 6,1% en 2010. Sin embargo, la cifra real sería mayor. Por empezar, porque muchos de los trabajadores que fueron despedidos de las empresas estatales no son reconocidos como desempleados. Las estadísticas tampoco cuentan a los trabajadores que figuran como empleados en granjas, pero han migrado a las ciudades y están buscando trabajo en éstas; ni a graduados de secundaria o universidades que hayan dejado el colegio hace menos de seis meses. Por eso, si se emplearan estándares internacionales para medir el desempleo, el mismo habría sido, en 2002, del 7,3%; el desempleo en áreas urbanas entre residentes permanentes ese año se habría elevado al 11,1% (Vodopivec y Hahn Tong, 2008). Si bien en 1999 se estableció un sistema de seguro universal urbano por desempleo, el mismo no se cumple en buena medida para los trabajadores del sector privado (Rutte, 2010).

También como resultado de la dinámica del capital se acrecentaron las desigualdades sociales. En los años 70 el Banco Mundial estimaba que el coeficiente Gini en China era 0,33 (más alto el coeficiente significa mayor desigualdad). En 2002 se ubicaba en 0,45 (Li y Luo, 2008). Según la Academia de Ciencias Sociales de China, en 2005 había alcanzado 0,496. Sin embargo la OCDE, utilizando otras estimaciones, sostuvo que en 2005 era 0,45 y que en 2007 había bajado a 0,408 (The Wall Street Journal, 3/02/10). En cualquier caso, estamos ante una diferencia de los ingresos mayor que la existente en los países capitalistas avanzados. Otros datos son reveladores, siempre en el mismo sentido. De acuerdo con Su Hainan, director del Instituto de Estudios del Trabajo y Salarios, del Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social de China, los ingresos de los residentes urbanos son 3,3 veces superiores a los ingresos de los residentes en el campo; los ingresos de los empleados en la industria con salarios más altos son 15 veces superiores a los que tienen ingresos más bajos; los ingresos de los principales directivos de las empresas estatales son 18 veces superiores a los de sus empleados; y en promedio los ingresos de los funcionarios más altos son 128 veces más altos que el salario promedio del país. Li Shi, director del Centro de Investigación sobre Distribución del Ingreso y Pobreza, de la Universidad Normal de Beijing, dice que la diferencia de ingreso entre el 10% más rico y el 10% más pobre era de 23 veces en 2007, contra 7,3 veces en 1988 (Global Times, 10/05/10). Según la lista Hurun, que registra los ricos, en 2011 hay 271 súper millonarios chinos; esto es, gente con más de mil millones de dólares en riqueza. Es el segundo país del mundo, sólo detrás de EEUU (que tiene 400). De acuerdo a Forbes, los súper millonarios chinos serían 115 (y 413 en EEUU). Por otra parte, y según algunos estudios recientes, el uno por ciento de la población controla el 70% de la riqueza; el 80% de la población se considera pobre o de ingresos medios y bajos; de este grupo, el 44% está en la pobreza (School of Social Welfare, University of California, Berkeley). Además, hay amplios sectores en situaciones desesperantes; en particular los ancianos de las zonas rurales sin hijos; y los niños huérfanos, discapacitados o abandonados de las ciudades, que se estiman en varios cientos de miles (Rutten, 2010).

En lo que respecta a las condiciones laborales, son las típicas de cualquier país capitalista en que la acumulación se asiente en una altísima explotación del trabajo. Los salarios son bajos; jornadas de trabajo muy extensas; y hay escasos derechos sociales y sindicales. El caso de Foxconn, la empresa de origen taiwanés que es la mayor empleadora privada de mano de obra en China, es paradigmático. En 2010 los trabajadores de sus plantas en China, recién ingresados, recibían el salario mínimo de 130 dólares, más alojamiento y comida. Aun siendo tan bajos los salarios, era más de lo que se pagaba en promedio en el resto de las empresas. Sin embargo, dado lo extenuante de las jornadas, y lo duro de las condiciones laborales, muchos no resisten, y la rotación de trabajadores es muy alta. Además, en los últimos años hubo una ola de suicidios. De manera regular, los trabajadores de Foxconn están obligados superar las 36 horas semanales de horas extras que son permitidas como máximo en China (The Economist, 27/05/10). Según una investigación realizada por Apple, un tercio de los trabajadores de la planta de Longhua excedía las 60 horas semanales. En el resto de las empresas las cosas funcionan de manera similar. En especial, padecen una alta tasa de explotación los millones de trabajadores que vienen del campo, carentes de papeles y de casi todos los derechos. En 2002 había unos 95 millones de empleados en trabajos urbanos irregulares, sobre un total de 244 millones de trabajadores urbanos. Debe tenerse en cuenta que el empleo informal -comprende autoempleados, microemprendimientos, trabajadores con contratos temporarios, trabajadores domiciliarios y jornaleros- está enteramente en el sector privado, esto es, capitalista. Se estima que el sector informal tiene aproximadamente la mitad de los trabajadores; el empleo informal aumentó desde 32 millones en 1995 a 125 millones en 2004, lo que representaba el 47% del empleo (datos del Banco Mundial).

Por otra parte, la insalubridad y las enfermedades laborales parecen estar extendidas. En 2000 el Ministerio de Salud reconocía que en muchas empresas los dueños “sacrifican la salud de sus trabajadores para hacer dinero” (declaración del vice ministro de Salud, Yin Dakui). La neumoconiosis (una enfermedad mortal, también conocida como el pulmón negro), afectaba a comienzos de los 2000 al menos a 420.000 trabajadores; se consideraba que había matado a 130.000, y se reportaban entre 15.000 y 20.000 casos nuevos por año (People’s Daily, 28/02/00).

El sistema de seguridad social también ha sufrido un cambio considerable. En 1978 la edad de jubilación de las mujeres era 50 años, de los hombres 60, y las jubilaciones cubrían el 78% de los asalariados urbanos. Dado que en campo los ancianos dependían de sus familias, solo el 19% de la fuerza laboral total estaba protegida por la jubilación estatal; pero de todas maneras se trataba de un logro importante para un país atrasado como China. Había habido mejoras en la atención de la salud, campañas masivas de prevención y cuidados, y mejoras en sanidad y agua. Hoy el panorama ha cambiado, y el sistema de seguridad social se asemeja al de cualquier otro país capitalista atrasado. Es que desde la implementación de las reformas, y con la profundización de las desigualdades, el Estado se retiró aún más de los servicios sociales en las zonas rurales, y también desatendió a los trabajadores precarizados, o que pasaron a estar por su cuenta (Rutten, 2010). En consecuencia, se calculaba que en 2002 el 50% de los ancianos de las áreas urbanas, y el 80% de las áreas rurales, no tenían ahorros y dependían de sus hijos o familias para sobrevivir (los hijos están obligados a mantener a los padres). Más del 57% del total de ancianos dependían de sus familiares; un 25% de sus propios ingresos, y solo el 2,2% podía vivir de la seguridad social (Global Action on Aging, Economic Information Daily, 26/06/02). En años más recientes, se calcula que un 40% de la población tiene pensiones, lo que representaría una mejora (Rutten, 2010). Pero aún así, es una cifra muy baja.

Por otra parte, se perpetuó y consolidó la división entre la ciudad y el campo en las mismas ciudades (Rutten, 2010). Es que la amplia mayoría de los trabajadores rurales no están habilitados para tener residencia urbana, por lo cual no pueden reclamar los beneficios del sistema de seguridad social urbano. Muchos trabajadores migrantes retienen por ello los lotes en el campo para sustituir la falta de seguridad social. Además, el sistema de seguridad social chino subraya los derechos de los trabajadores estatales por sobre los derechos de los empleados en el sector privado. Si bien formalmente el seguro para el cuidado básico de la salud cubre a todos los trabajadores urbanos (menos los autoempleados), se considera que la cobertura real de la salud declinó entre 1998 y 2003. En las zonas rurales la situación es aún peor. Paralelamente, se asiste a una creciente privatización de la salud y la educación, tanto porque el Estado dejó de financiar los centros de salud y educativos, como por la aparición lisa y llana de empresas privadas en estos sectores. Por ejemplo, en una entrevista, realizada en 2007, el director de un hospital de Beijing señalaba que el financiamiento del gobierno solo cubría el 2-3% del gasto anual, y que en términos económicos, ya no era un hospital público (Beijing Review, 1/03/07). Muchos casos semejantes han sido denunciados. Como resultado de estas evoluciones, habrían resurgido enfermedades epidémicas, que habían sido desterradas luego de la Revolución (Rutten, 2010). También en educación se han hecho sentir las reformas pro-mercado. Si bien desde 1978 aumentaron significativamente la tasa de alfabetización, y de alumnos en los niveles primario y secundario, también se privatizó en buena medida la enseñanza. A igual de lo que sucede con la salud, el Estado dejó de financiar, y las direcciones de los colegios cobran tarifas cada vez más elevadas; con lo cual muchos también embolsan buenas ganancias. En 2004 se señalaba que la educación había sido la segunda actividad más rentable en China el año anterior (la primera era inmobiliaria), y también una de las más corruptas. “Los beneficios ilegales provienen de los más de 300 millones de niños que dependen de la educación pública primaria y de sus familias que tienen que pagar las tarifas” (The Epoch Times, 2/3/04). Ese año las estadísticas indicaban que China usaba el 1,4% del total de fondos públicos educativos mundiales para sostener el 22,9% de los estudiantes del mundo (China Daily, 15/01/04). El diario agregaba que el número de estudiantes de escuelas pobres estaba aumentando constantemente. En este marco, las escuelas privadas florecen. Según el informe del Banco Mundial de 2002, en 2001 había más de 56.000 escuelas privadas, con más de 9 millones de estudiantes. Por esa época ya estaban funcionando 436 institutos de enseñanza superior privados. En el otro extremo, muchos se quedan afuera. El “Informe sobre la educación y los recursos en capital humano” del Ministerio de Educación, de 2003, señalaba que solo el 18% de la población entre 25 y 64 años había recibido educación secundaria completa, y que el 42% había recibido menos de la educación primaria. Más del 30% de los estudiantes de zonas rurales que estaban habilitados para ir a colegios secundarios, no podían hacerlo.

En conclusión, todo indica que China hoy es un país capitalista. Las leyes del mercado se hacen sentir de forma creciente en todos los rincones. Crecen las contradicciones de clases, junto a la polarización social. Incluso desde el punto de vista ideológico, el PC Chino ha dejado de lado el discurso sobre el socialismo, para enfatizar el aspecto nacional. Su base social son los altos funcionarios que se benefician con los negocios capitalistas, o la administración de las empresas ligadas al Estado, y las nuevas clases medias. Por todo esto, los conflictos entre la inmensa masa explotada, por un lado, y los capitalistas y el gobierno, por el otro, responden cada vez más a la lógica de la lucha de clases, propia de todo modo de producción capitalista.

Textos citados:

Cohen, S. F. (1973): Bujarin y la revolución bolchevique, Madrid, Siglo XXI.

Hu Jing (2008): “A Critique of Chongquing’s ‘New Land Reform’”, China Left Review Nª 1, enwww.chinaleftreview.org.

Kwan Lee, C. y M. Selden (2007): “China’s Durable Inequality: Legacies of Revolution and Pitfalls of Reform”, The Asian-Pacific Journal: Japan Focus”, en www.japanfocuos.org.

Li, S. y C. Luo (2008): “Growth Pattern, Employment and Income Inequality: What the Experience of Republic of Korea and Taipei, China Reveals to the People’s Republic of China”, Asian Development Review, vol. 25, pp. 100-118.

Rutten, K. (2010): “Social Welfare in China: The role of equity in the transition from egalitarism to capitalism”, Asia Research Centre, CBS, Copenhagen Discussion Papers 32, March.

The Economist: “Capitalism confined”, September 3rd 2011.

Vodopivec, M. y M. Hahn Tong (2008): “China: Improving Unemployment Insurance”, World Bank, Discussion Paper Nº 0820, July.

Thursday, October 13, 2011

De viaje por los países socialistas, de Gabriel García Márquez

Image

La apoteosis de lo rastacuero

En el verano de 1957, Gabriel García Márquez, periodista colombiano y joven escritor, se embarca en un viaje de tres meses por los países de la Cortina de Hierro. De ese viaje surgieron escritos sobre los países visitados, que fueron publicados en Colombia y Venezuela al año siguiente. Su aventura la realiza por países que acaban de sufrir (o acaban de liberarse) de la figura de Josef Stalin (había muerto hacía 4 años), en especial la Unión Soviética, de quien era jefe de gobierno, y a dos años del triunfo futuro de la Revolución Cubana. Reunido en Francfort con una amiga francesa y un periodista italiano, los tres deciden en el aburrimiento en que se encuentran cruzar a Alemania Oriental. Toman un vehículo y recorren Alemania Occidental hasta la frontera. Al cruzar hacia el otro lado, pareciera como si hubieran llegado a la versión bizarra de los germanos: la edad de piedra hacía imperio entre ellos. Gente gris, sombría, sorprendida sobremanera por la presencia de extranjeros, a quienes miran como si fueran extraterrestres. Comenzando por los soldados que los reciben en la aduana, en donde deben tomar sus nombres con una pluma y un tintero, como hombres anteriores a la primera guerra. Continúan su camino, rodando por una tierra silenciosa sobremanera, hasta llegar a Berlín. El impacto es sobrecogedor. Las diferencias entre el capitalismo histérico del lado Occidental y el comunismo deprimente del Oriental son demasiado abismales. Y hablamos de un Berlín en donde el paso entre ambas zonas aún se puede hacer por metro, por debajo, a manera de paso de catacumba, pero se puede hacer. Estamos a algunos años aún del levantamiento del Muro, de las fugas suicidas (como los que huyen de Cuba flotando en tablas). La burocracia reina en la ciudad, así como la ausencia de asideros. Se ha calculado que si estalla una guerra Berlín durará 20 minutos. Pero si no estalla, dentro de cincuenta, cien años, cuando uno de los dos sistemas haya prevalecido sobre el otro, las dos Berlines serán una sola ciudad. Una monstruosa feria comercial hecha con las muestras gratis de los dos sistemas, dice García Márquez. En menos de cuarenta ocurrió la profecía del colombiano. De Berlín se marchan a Leipzig, en donde lo decrépito, lo viejo, cubre todo. El alcoholismo, el desespero, el horror, la lástima. Hablamos de una Alemania que en unos cuantos años será la primera potencia de Europa del Este, en lo económico y deportivo. Pero ésta es la Alemania que quedó después de la guerra y la ocupación de los rusos. Es la no-experiencia socialista: el socialismo no se impone, y además, ya la historia nos enseña, debe gestarse en términos democráticos reales.

La presencia de lo hispanoamericano en esos países visitados, el conocimiento de nuestras literaturas y nuestras realidades se hace patente en cada lugar. En Leipzig conocen a Sergio, un chileno estudiando allá. Les sirve de lazarillo para recorrer la ciudad, tan sombría como la Comala de Rulfo. La Alemania comunista es un país de expropiados, de jóvenes que se ven sin futuro. Un país invadido por los rusos, a quienes detestan: el pueblo no ve el desarrollo de la industria pesada, le importa un pito los huevos fritos al desayuno y lo único nuevo que ve es que Alemania está partida en dos y hay soldados rusos con ametralladoras. Los habitantes de Alemania Occidental ven exactamente lo mismo: el país dividido y soldados americanos en automóviles último modelo. Ninguno de los dos protesta porque saben que perdieron la guerra y por el momento tienen la cabeza bajo el ala. Pero en secreto todos saben lo que quieren, antes de hablar de socialismo o de capitalismo: la unificación de Alemania y la evacuación de las tropas extranjeras. Esto ha ocurrido, aunque los americanos aún tienen bases en Alemania. Lo cierto es que, a pesar del desarrollo que logró, la Alemania del este fue un estado policial, como sólo la misma Unión Soviética logró serlo, y la Occidental un país con grandes miras hacia el futuro.

De Alemania, García Márquez y su amigo el italiano (la muchacha francesa se devolvió del asco y la lástima a Francia, además de que se le habían acabado las vacaciones) marchan hasta Checoslovaquia. Allá la historia es otra: los checoslovacos (aún ambos países estaban juntos) mantenían un alto nivel de vida, votaron por los comunistas en las elecciones y la industria es la más desarrollada del bloque del este. No hay servilismo ni obsesión con la política. Hay un sentido, muy capitalista, de producir. Praga es una ciudad radiante y hermosa como siempre lo fue. Ellos, los viajeros, no encuentran mayores diferencias con Occidente. Están petrificados y asombrados. El colombiano más que el italiano. Este último le hace ver que las medias que llevan, en especial las mujeres, están desgastadas y derruidas. Le invita a que se fije en los pequeños detalles. No todo es oro. Y no lo era: diez años después casi, el experimento socialista checoslovaco, quizás el más optimista, libre y democrático, sufre la invasión de los tanques rusos para detener estos signos de libertad. El socialismo con rostro humano que Dubcek quiso implantar en el país se vio aplastado completamente. Después de esta experiencia, similar pero distinta en mucho a la vivida por los chilenos y la caída de Allende, Checoslovaquia se vio sumida en el silencio y la izquierda mundial empezó a hacerse preguntas, gracias en especial a un guerrillero venezolano llamado Teodoro Petkoff. Todo signo de libertad en un régimen bajo el Pacto de Varsovia, bajo la égida de la Unión Soviética, terminaba aplastado. Un poco lo vivido por algunos países latinoamericanos con Estados Unidos. La Checoslovaquia que conoció García Márquez a los 29 años, dejó de ser antes de que él llegara a los cuarenta.

El viaje continúa hacia Polonia, país devastado como ninguno después de la guerra. No quedó piedra sobre piedra, en especial en Varsovia. La reconstrucción nacional los mueve a todos. Los mueve también un odio visceral tanto hacia los rusos como hacia los alemanes, y un espíritu casi místico de unión entre el ferviente catolicismo que siempre han tenido, y la nueva fiebre comunista. En Polonia, la vigilancia abunda. La Iglesia participa de la vida política, en ello va incluida la cárcel, en donde reposa sus huesos mientras tanto el arzobispo y en donde Karol Woytyla se va preparando en sus luchas también políticas y religiosas para ser Papa veinte años después. También se entiende un grupo de escritores y poetas gestándose y escribiendo en Polonia: No creo que sea simplista relacionar esa intensa actividad estudiantil con el número de librerías, el costo de los libros y la avidez con que leen los polacos. Ese amor por los libros y la poesía llevarán a que la poesía polaca sea considerada en un futuro como la mejor escrita en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. País fervientemente católico en una región predominantemente protestante u ortodoxa, francófono casi por completo, conservador y destruido por la guerra, el surgimiento del movimiento Solidaridad, liderado por Lech Walesa menos de veinte años después no debió caer por sorpresa a las autoridades polacas, aunque así fue. Los países son más que la imposición de un sistema político: es importante considerar su historia, su pasado, sus tradiciones, cosa que los fanáticos del materialismo soviético no supieron hacer. Hablamos del país en donde se encuentra Auschwitz: eso tiene que dejar una gran huella. Siento que nuestro periodista viajero fue incapaz de percibir eso.

Ya solo, García Márquez parte en tren hacia la Unión de Países Socialistas Soviéticos: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un aviso de Coca Cola. Parte como invitado del país a delegados extranjeros. Lo sorprende lo grande, lo fastuoso, inconmensurable, y majestuoso del país. Conoce la experiencia de los miles de españoles y descendientes de españoles que habitan ahí, a partir de la Guerra Civil española. Ve un pueblo, al que cataloga ingenuamente de amante del comunismo, fascinado ante toda noticia extranjera. Hablamos de un pueblo culto, leído, hablante de varios idiomas por miles, que desea fervientemente saber qué ha ocurrido en el mundo. Treinta años de encierro bajo la dictadura de Stalin lo ha impedido. Destaca de manera crítica cómo el comunismo se ha perdido en nimiedades, cifras absurdas, etc. Cómo ese encierro ha costado una generación entera y aún la gente no termina de ver los frutos. Las cifras de muertos y desaparecidos no han salido a la luz aún hacia Occidente. El aislamiento sólo ofrece engaños: creer que los inventos desarrollados hace mucho tiempo en los países democráticos ellos lo han logrado por sí solos. La Unión Soviética es un país sumido en la ignorancia del mundo, y eso se paga caro. Se dedicó a desarrollar una industria pesada sin igual, centrándose en el petróleo, las industrias denominadas básicas y el armamento. Eso es lo que muestra al mundo hoy Rusia, y no sabe qué hacer con tanto armamento en un mundo que cambió. Los otros logros, el deporte, la ciencia, la literatura, la danza, se empezaron a perder desde la llegada de Stalin en el poder: la muerte de Mandelstam y tantos otros, el silencio forzado de tantos, entre ellos Pasternak, el exilio de Brodsky y cientos de bailarines, científicos, intelectuales. La política soviética hizo de los países del Pacto de Varsovia la apoteosis de lo rastacuero. Un país que con la Revolución de 1917 gestó el amor libre, el cine más avanzado, los proyectos más audaces planteados en el mundo, terminó sumido en las garras de un zar nuevo, enfermo, peor que los anteriores.

García Márquez escucha críticas de los soviéticos a los occidentales, muchas con sustento: para qué quiere alguien tener cinco casas, qué sentido tiene realmente la publicidad, etc. Pero las que Occidente les plantea a ellos, se resuelve en la vergüenza y en el mayor de los silencios.

La última parada de nuestro viajero es Hungría, que hace apenas un año fue invadida por los soviéticos. Un país lleno de amargura, escepticismo y en donde las estudiantes universitarias se entregan a la prostitución para completar el pan para la casa y en donde todo, absolutamente todo, escasea (como en Cuba, treinta años después y hasta hoy). Llega García Márquez junto con otros periodistas y debe escaparse del hotel para poder recorrer la ciudad sin la vigilancia de sus guías. Nadie confía en él en la calle: para los húngaros, todo extranjero es un partidario del gobierno: pero cuando la gente se calla-por miedo o por prejuicio-hay que entrar a los servicios sanitarios para saber lo que piensa. Allí encontré lo que buscaba: entre los dibujos pornográficos, ya clásicos en todos los orinales del mundo, había letreros con el nombre de Kadar, en una protesta anónima pero extraordinariamente significativa. Esos letreros constituyen un testimonio válido sobre la situación húngara: “Kadar asesino del pueblo”, “Kadar traidor”, “Kadar, perro de presa de los rusos”. No responden preguntas. La rebelión desatada y reprimida dejó sus huellas: diez meses antes –el 28 de octubre– un grupo de estudiantes atravesó la plaza pidiendo a gritos la expulsión de las tropas soviéticas. Uno de ellos se encaramó en la estatua con la bandera húngara y pronunció un discurso de dos horas. Cuando descendió, la avenida estaba colmada por hombres y mujeres del pueblo de Budapest que cantaban el himno del poeta Pitofi bajo los árboles pelados por el otoño. Así empezó la sublevación. La gente pidió libertad, más de cien mil húngaros cruzaron la frontera con Austria, el país se rebeló. Cínicamente, García Márquez dice que la única manera de impedir que los terratenientes y la iglesia volvieran, de impedir que se perdiera la revolución, era llamando a los rusos. Coloca a Kadar, el presidente húngaro, en una situación cómoda, describiéndolo como un hombre de pueblo además, bonachón y buena gente (como le encanta describirse a él mismo). Hungría, como Checoslovaquia después, fue reprimida y masacrada.

El resto de los países, incluso los no mencionados, vivieron regímenes crueles e inhumanos. Como lo viven Corea del Norte y Cuba, revoluciones caducas y desnutridas que cada día vejan más a sus pueblos. Aunque el muchacho de Aracataca justifique especialmente la última dándole espaldarazos a su líder con las muestras de su amistad.

La ceguera ideológica hace ver pobres hasta a los genios más listos y brillantes. De esos viajes quedaron crónicas, preguntas que se respondieron solamente con más muertos. Ese fue el final de su propio viaje, que quizás no se ha sabido responder.

Por Ricardo Ramírez

RELECTURA

-

.